El Extranjero
El calor agobiaba a los soldados. Era una bestia pesada que llevaban sobre sus espaldas. Las ropas del Comandante Dupont estaban empapadas en sudor. Observaba la batalla desde su caballo, justo en las puertas de la ciudad de Bailén. Tomó las riendas con firmeza y se lanzó a la batalla. El viento golpeaba su rostro, pero no lograba aminorar el calor. Mientras que se acercaba al fulgor de la batalla, el aire se hacía más pesado y caliente. Segundos antes de desmontar su caballo, tomó su sable. La espada brilló con el reflejo del sol y se unió a su puño lleno de furia como si fueran uno solo. El francés bajó del corcel con agilidad y posó sus pies sobre la tierra manchada de sangre.
Sus soldados estaban siendo masacrados por las fuerzas españolas. Él, en ese momento, era el orgullo francés, era todo el ejército napoleónico. La sangre le hervía dentro de sus venas. El coraje le hizo apretar los dientes, lanzó un grito ahogado y esgrimió su sable contra un soldado español al cual hirió en el estómago. Su cuerpo estaba totalmente tensionado, podía sentir cada uno de sus músculos endurecidos. Peleaba con fragor y valentía. Su espada atravesaba cuerpos, abría heridas en las pieles de sus enemigos, gritaba gloriosa en la batalla.
Su mente estaba enfocada. Nada podía romper su concentración. Les gritaba desesperado a sus soldados:
—¡Courage mes frères! (¡Valor mis hermanos!)
Su garganta se desgarraba con ese grito. No podía perder. No podía aceptar una derrota en nombre del Emperador Napoleón. Un soldado hermano se abalanzó sobre él, muerto. El peso del hombre lo tumbó al suelo y mientras caía pudo ver al salvaje español que ahora lo buscaba a él, quien yacía indefenso a su merced. Desprotegido en el suelo trató de levantar su sable aguardando sin esperanza recibir la estocada asesina. El español gritaba desaforado, y justo cuando estaba por asestarle el golpe de gracia, algo llamó su atención. El soldado golpeó fuertemente al comandante y corrió hacia otra dirección. Alguien (Dupont no pudo ver quién) le sacó al hombre muerto de encima.
Liberado, el Comandante se puso de pie. Observó el campo de batalla y en la lejanía vio a un hombre. Era de las fuerzas españolas pero no pudo más que rendirse ante la fiereza con la que combatía. Era un soldado implacable. Su postura era perfecta, sus golpes con la espada eran mortales y su valentía inspiraba miedo en los contrarios y confianza en los aliados. Dupont permanecía atónito. ¿Era de "él" de quien le habían hablado? Recordó una charla que tuvo con uno de sus generales donde le nombraron a un extranjero que peleaba entre los españoles.
La sangre caliente caía sobre su rostro. La herida del golpe propinado por el soldado no paraba de sangrar. Se pasó el antebrazo por la cara para sacar la mezcla de sangre y sudor que lo empapaba y le nublaba la vista. Dupont permanecía perplejo ante los movimientos del extranjero. Parecía un dragón rojo. Gigante, despiadado y mortal. Un francés le gritó:
—¡Sauve mon commandant! (¡Sálvese mi comandante!)
Dupont gritó:
—¡Lâche! (¡Cobarde!)
Y echó a correr cargando directamente contra el extranjero. Lo observaba pelear mientras corría, sus músculos se apretaban, su mano tomaba la espada con firmeza y la apuntaba directamente al soldado. Su mente estaba enfocada sobre el extraño soldado. De repente el extranjero lo ve y toma posición de combate esperando la embestida de Dupont. El Comandante francés corría decidido a derribar a este extraño guerrero. Sus ojos se encontraron en la confusión de la batalla. Su corazón tocaba una canción de guerra, más fuerte que el sonido de los cañones explotando enfurecidos. El extranjero lo esperaba agazapado como un tigre que espera el zarpazo letal de otro. El rostro del extranjero se transformó, pareció sorprenderse por algo, un grito salió de su boca, pero Dupont no llegó a escucharlo. Jamás pudo ver al español que lo golpeó por detrás. Dupont sintió chocar contra un muro cayendo inconsciente al suelo.
Al despertar estaba atado de pies y manos. Sintió el sabor de su sangre en la boca. Yacía de rodillas con la cabeza mirando al suelo. Dos botas negras, manchadas de tierra y sangre se pararon frente a él. No entendía español pero escuchó al hombre de las botas hablar con alguien más.
—¿Quién es este? —dijo una voz grave y rasposa.
—Es el comandante Dupont, mi Comandante —dos botas más aparecieron en la imagen, estas más manchadas que las anteriores.
Dupont atinó a levantar la vista. El sol lo encegueció por un instante, solo veía sombras. Uno era un hombre joven. Gallardo, tenía una voz fuerte y un acento desconocido para el Comandante francés. Debía ser "él". El extranjero. A medida que la visión de Dupont se fue acostumbrando a la luz pudo descubrir su rostro de profundos ojos negros, su piel curtida por el sol, su uniforme estaba desgarrado y ensangrentado al igual que su sable que descansaba en su mano derecha.
Dupont estaba exhausto y dolorido. Cerró sus ojos. Quería hablarle, quería preguntarle de dónde era, cómo peleaba con esa fuerza. Pero estaba demasiado cansado, solo se limitó a escuchar las palabras incomprensibles que el hombre con la voz áspera decía:
—Excelente trabajo Ayudante Primero San Martín, excelente, ¡esto vale un ascenso mi hombre! ¡Y por qué no, una medalla!

